Barcelona: mi ciudad

Barcelona
Ahora mismo no estoy en Barcelona, pero es mi ciudad, mi casa. Hace dos meses que no la piso, hace dos meses que no la respiro y no la veo.
Las sensaciones y lo que siento cada vez que sé que voy a ir son increíbles. Empieza todo con la impresión del billete con fecha, hora y puerta de embarque.

Llego al aeropuerto y hago el check-in. La cola no es demasiado larga porque llego con tiempo. Veo a turistas, chinos con pasaportes en las manos, abuelos que vuelven de un fin de semana cansados y con poca batería y nenas adolescentes que chillan para que ese chico les mire. Llega mi turno. Me preguntan “¿Barcelona?” y contesto “¡Barcelona!” con una sonrisa. Pido que me den ventanilla, cualquier asiento de los “F” me va bien en el lado derecho del avión. Estoy feliz, Barcelona es mi casa y cada vez estoy más cerca.
Me dirijo a la cola del detector de metales y espero. Toda esa gente a mi alrededor que en cuestión de muy poco tiempo estará en la otra punta del mundo. Miro a cada uno de ellos y me imagino cuál podrá ser su destino y el porqué de él. Algunos lloran, otros sonríen, unos van con traje y con cara de vip y hay otro grupo que simplemente tiene cara de pocos amigos. No pueden faltar los niños que chillan, es un clásico, una tradición. ¿Quién no ha estado en un aeropuerto en el que no haya habido por lo menos uno de esos tiernos nenecitos que tienen más pulmón que Plácido Domingo? Pues eso, que esta vez no me privo de los adorables gritos de un niñito encantador y de la madre despreocupada que se hace la sorda. Esos por mí que embarquen ya mismo… Pero a toda esa gente parece no importarle, están todos muy concentrados en ellos mismos y sin darme cuenta llega mi turno. Me quito casi toda la ropa que llevo encima, ¡hasta me hacen quitar las bailarinas como si pudiese esconder algo en ellas, ya me dirán dónde exactamente!
Me pongo esas bolsas azules de quirófano horribles en los pies y veo como mi bolso y mi ropa entra en el escáner, el ojo que todo lo ve. Me hablan en algo que se parece a inglés y paso entre el detector de metales con las manos hacia arriba como si estuviera en una película del oeste y me estuviesen apuntando con un arma. Se miran el billete y me dicen “good”. Con eso tengo el visto bueno para recoger mis cosas, vestirme y dirigirme hacia la pantalla más cercana para buscar mi vuelo, Barcelona.
Como todavía tengo tiempo me dirijo a una de esas tiendas de perfumes y demás souvenirs. ¡Salgo más guapa que una modelo de Victoria’s Secret y ahora ya me siento pronta para seguir con mi viaje!
subiendo al avión
Encuentro la puerta de embarque y la gente que espera impaciente. Me siento y me conecto a Facebook, voy a despedirme de donde estoy para que la gente se muera de envidia y los amigos que no saben que llego me esperen con ilusión. Bueno, ya estoy. Llega la azafata y anuncia el vuelo, esta vez parece que va a ser todo muy puntual. Hacemos la cola muy mal, muy desordenada y la gente empuja y te pisa. Menos mal que algunos gozamos de una cierta altura para respirar oxígeno, porque aunque en el detector de metales te quiten los desodorantes de más de 100ml existe algo llamado “jabón”, misterio desconocido para algunos.
Llega mi turno y me libero de la multitud de pasajeros. Bajo por el pasillo maquillada y monísima de la vida. Desde lejos vislumbro el avión y me dirijo hacia él. Entro, digo  un “hola” muy feliz y busco mi asiento. Cuando lo encuentro saco mi iPod del bolso, los dos móviles y dejo la maleta en el compartimento. Me siento y escribo los últimos adioses a mis amigos y cuando se llena el avión apago mi teléfono. Nos colocamos en la pista y ¡nos vamos!
Veo algunos pasajeros sufriendo auténticos calvarios al despegar. Algunos se cogen de las manos, otros rezan y hay quien lee para pasar el rato. Otros como yo miran por la ventanilla como todo lo que tenemos a nuestros pies se vuelve cada vez más pequeño y como nos alejamos de ese pedacito de tierra mar adentro. Cuando el avión se coloca en su ruta me quito un pendiente y lo utilizo de llave maestra para abrir el compartimento de la micro-sim de mi iPhone. Cambio las sims de mis teléfonos para estar lista nada más pisar Barcelona y no tener que gastarme millonadas en roaming con la otra micro-sim. Me pongo el pendiente y busco una buena canción en el iPod que me acompañe hasta el destino final.
Nos colocamos en la pista y ¡nos vamos! 
Nos habla el capitán, nos explica dónde estamos, a qué altura volamos, la temperatura exterior que es casi siempre de -70ºC, la hora exacta a la que vamos a llegar, el tiempo en Barcelona y nos desea que sigamos disfrutando del vuelo. Pasan las azafatas con el carrito lleno de chocolatinas, latas, alcohol y souvenirs de avioncitos para esos nenes que gozan de mega pulmones. Hay quien compra y hay quien no. Yo sigo mirando por la ventanilla y ya veo las islas de Cerdeña y Córcega. Eso significa que estamos a mitad de camino. Cómo brillan las islas y qué maravillosa que es esa imagen. Se ven las casas y los puertos con las barcas. Se ven coches y piscinas. Y poco a poco nos alejamos de ellos.
Sin darme cuenta miro el reloj y veo que se acerca la hora. Noto como el avión empieza a descender de su ruta y se prepara para llegar a su destino. “Cabin Crew 10 minuts” dice el piloto. Apago el iPod porque nos lo pide muy amablemente una azafata por el micro del avión y luego añade algo más en un inglés que no entiende ni ella misma. Nos acercamos, nos estamos acercando a Barcelona.
De lejos veo una primera luz, muy pequeña en medio del mar. Eso es Premià de Mar, sí, estoy segura porque conozco muy bien esa localidad. Ahora mismo la estoy viendo desde mi ventanilla y nos acercamos a Barcelona porque ya vislumbro las Tres Torres y la placa fotovoltáica del Forum. ¡Oh, por fin! Ahora veo las Glorias y el que fuese mi campus de la Pompeu junto a la Torre Agbar. Luego veo ese edificio tan feo y tan alto de Plaza Tetuán que tengo justo delante de mi casa. Y detrás la Sagrada Familia, ¡qué ilusión! Todavía sin acabar pero con qué majestuosidad me saluda. Luego veo el Tibidabo y la calle Marina con las dos torres de la Vila Olímpica. Ya empieza la noche y la fiesta de esa zona de la ciudad. Seguro que se está llenando de taxis y de turistas pseudopijas que enseñan de todo menos lo que deberían. Veo el Hotel W, Montjuïc y el hospital de Bellvitge de lejos. Veo los coches que cada vez son más grandes y noto como el avión se acerca al aeropuerto.
Ya casi estamos, casi, casi. Las ruedas traseras del avión se posan delicadamente sobre la pista y ahora también la rueda delantera. Estamos frenando y a algún listo de la fila de atrás se le cae el móvil que va a parar a las primeras filas. Nada más aterrizar los de las filas delanteras nos lo pasamos de uno en uno hasta devolvérselo al Einstein de atrás. Nos paramos y nos indican que ya podemos desabrocharnos el cinturón, recoger nuestras cosas y esperar a que abran la puerta delantera para salir.
Entro en el pasillo que me lleva desde el avión hasta el terminal del aeropuerto y piso con un pie Barcelona, ¡mi casa!
Enciendo mi iPhone y espero a que me encuentre la red. Me llegan 500 whatsapps, 200 mensajes de bienvenida y 89 “me gustas” de Facebook. Me llama mi padre y me pregunta impaciente que por qué estoy tardando tanto y que dónde estoy. Por fin veo que la gente va saliendo y me muevo a velocidad de tortuga yo también. Saludo a las azafatas y al piloto que no está nada bueno, todo lo contrario de lo que nos hacen creer en las películas. Entro en el pasillo que me lleva desde el avión hasta el terminal del aeropuerto y piso con un pie Barcelona, ¡mi casa! Se me cae una lágrima de alegría y de ilusión y sonrío, así, porque quiero.
Aeropuerto de Barcelona
La gente me mira y ven que estoy feliz, que estoy bien. Le pongo la quinta marcha y me pego la maratón para llegar desde la última puerta de embarque del aeropuerto hasta la salida del mismo para recoger mi maleta. Cuando paso por las puertas que separan el terminal de donde están las maletas veo las puertas del fondo que se abren cada vez que sale un pasajero hacia el exterior y veo a mis padres que me saludan ilusionados. Sonrío. Estoy bien. Llega mi maleta y me dirijo hacia fuera. Me tiro encima de mis padres y nos ahogamos en un abrazo que dura casi una infinidad. Cuando empezamos a asfixiarnos nos dejamos de abrazar y sonreímos.
He llegado, estoy en Barcelona. Estoy en mi casa.     
Vistas desde el interior del avión nada más despegar
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